The time is gone, the song is over...

viernes, 15 de agosto de 2008


Lluvia en la ciudad, el pavimento ennegrecido. Ni paraguas, ni vaho, ni más ruido que el de las gotas. Silenciosa y con los ojos cerrados, invocó el tiempo en que vivía en el sur, respiró fuerte y pudo sentir el olor a frescura del pasto mojado, el oloroso espesor del lodazal; el viento que golpea y hace más difícil resistir la gravedad.

Acostumbrada a caminar contra el viento, avanzó por la acera llena de hojas adheridas al suelo, las pisó sin esperar que crujieran y esquivó los charcos que pudo, pero la mayoría ya eran pozas más bien profundas, ineludibles. Avanzaba rápida, concentrada en sus pasos, pensando sólo en volver pronto a la cama.

Desabrigada para la noche, pero no hacía frío. La lluvia ya había calado sus pocas prendas de lana delgada y algodón; incluso la ropa interior ya la sentía pegada al cuerpo por la humedad, poco a poco la mezcla de ésta con el viento le ponía la piel de gallina, le dilataba las vías nasales e involuntariamente tiritaba con escalofríos.

No fue precavida antes de salir, debía llegar rápido, no había tiempo para pensar porque todo parecía superfluo en comparación con su cometido. Prefería sacudirse la modorra, no hacer caso al clima y cobijarse en la idea de llegar pronto. Pensaba que necesitaría poner en práctica todas sus virtudes, toda su calma, todos los buenos recuerdos que justificaban esta caminata en la madrugada.

La ciudad dormía apacible, no se oía ruido humano o animal, la naturaleza sólo dejaba ver su fuerza a través del imponente clima; nadie que no tuviera una buena razón saldría a pasearse a esas horas, nadie soñaba siquiera con que hubiera un alma vagando sin resguardo alguno y en completa soledad.

Casi una hora de paso ágil la llevó ante un portón de metal, oxidado y descascarado, restos de pintura áspera hirieron sus nudillos entumidos al golpear; lo hizo con fuerza, una, dos, tres veces y aguzó el oído esperando respuesta. Nada. No quería que fuera ya muy tarde, pesaría en su conciencia no haber llegado a tiempo.

Entonces pudo oír un par de pies, calzados con zapatillas de levantar, que se arrastraban sobre las baldosas del interior; una llave abrió un candado, otra una cerradura, se corrieron cadenas y cerrojos, precauciones necesarias para el barrio, inoportunas para esta noche.

La misma vieja que la había llamado le abrió y sin decir nada la hizo entrar mientras le extendía una toalla pequeña, gris, hedionda a humo, pero seca. Enjugó su rostro y las mechas que goteaban, ya tenía su propio charco bajo los pies. La mujer le hizo ademán de esperar y desapareció tras una cortina mugrienta al final de un pasillo mal iluminado.

Repentinamente sintió calor en todo el cuerpo, no era ni por la toalla ni el bracero, eran nervios, adrenalina que empezó a recorrerla en esa espera que se hacía interminable, desesperada e ineludible. Comenzó a arrepentirse de haber ido, él no merecía este encuentro, ¿la trataría mal acaso? ¿Sería el mismo de siempre?

No lamentaba no haberlo visto en tantos años, no sentía pudor en reconocer que prefería tenerlo lejos y no saber de él, a revivir malos recuerdos, esos que opacaban tan drásticamente los buenos; porque él nunca reconoció, nunca tuvo la conciencia o el coraje para dar la razón a sus víctimas, por mucho que lo amaran.

Ella era el único familiar que lo visitaba en años, repitió su nombre y sólo su nombre en los últimos días; febril y desahuciado pidió a su cuidadora que la llamara. El mensaje fue breve, la vieja pronunció su nombre en el auricular y ella no tomó más que las llaves antes de salir. Años antes imaginó tal cual ese momento y se había preparado inconscientemente para enfrentarlo.

Él ya no le daba miedo, pero lo seguía imaginando capaz de herir y eso ponía a la defensiva a su corazón tan cansado de llorar. Su padre, fuente de carencias, violencia y manipulación. Su padre, un viejo postrado en un camastro mísero, tras la cortina que ya removía sin haber esperado la señal.

Lo vió ahí, arropado hasta el cuello. Su piel, siempre morena y teñida por la nicotina, estaba pálida, arrugada y suelta; flaco y barbón, ojeroso, medio dormido. La vieja le pasaba un paño mojado por la frente, lo enjuagaba y estrujaba una y otra vez en una pócima marrón. Tenía pequeñas heridas abiertas en las manos y en el rostro, también costras negruzcas por doquier.

Repentinamente abrió los ojos, de una vez, sorprendiéndola, exaltándola. Fijó la mirada en los ojos nerviosos de su hija, sostuvo el acto y con un ruido gutural ordenó a la cuidadora que saliera. Encorvada se paró con el cuenco de líquido oscuro entre las manos sin articular palabra.

El enfermo volvió a mirar a su hija por unos minutos de eterno silencio, el momento era parte del funeral, una prolongación hacia atrás, hacia el último respiro, una despedida anticipada. En la cabeza de ella se agolpaban tantos hechos que ninguno era bien reconocible, entremezclados y nebulosos, extraños, buenos y malos.

Ninguno habló, sólo se oían las muchas goteras de la habitación que golpeaban fondos de tarros y viejas ollas de aluminio. Después de observarse por casi una hora, estudiando los cambios físicos de ambos, como reconociéndose después de tantos años, ella se acercó lentamente y se sentó en la silla que ocupara antes la vieja.

No podía evitar pensar que su padre estaba irreconocible, que no parecía coincidir el recuerdo de un hombre obsesivo y desequilibrado con ese viejito decrépito a punto de morir. ‘La hierva mala nunca muere’, había oído decir a su madre tantas veces, las muchas veces que él se aparecía para someterla al castigo de quererlo tanto, tanto como una niña pequeña ama y defiende a su padre sin oír razón; pero que luego, al crecer un poco, se decepciona y se da cuenta que debe priorizar la propia salud mental.

Nunca le deseó la muerte, pero siempre sonó a solución. Nunca le deseó males, pero sí lo quiso lejos y sabía el dolor que le causaba a él. No podía ayudarlo, no podía hacerse cargo de su inconsciencia, de su inmoralidad, de su amor retorcido, de sus carencias, de su insano afán por manipular. Agresor, perturbado, triste, egoísta, nunca fue sensato; alma invadida que muchas trataron de salvar.

Él la seguía mirando sin decir palabra, como si esperara que ella se pronunciara. Sin embargo, no le daría más. La mujer se paró de la silla lentamente, una chispa de claridad le iluminó la mente; su afán de comunicación y precisión lingüística estaba de más en ese momento. Si le iba a perdonar debía hacerlo sin darse motivos de arrepentimiento, no sabía cuál sería la reacción de él.

Se acercó y le tomó primero la mano. Le temblaron los labios, quiso llorar, pero aguantó con la mandíbula rígida. Él la observaba conmovido, sin emitir sonido, sin moverse, sin reaccionar más que a través de sus pequeños ojos negros, más negros esa noche, pero inofensivos, como nunca antes.

Apretó fuerte su mano y le planto un beso de varios segundos en la frente. Muriese o no jamás lo volvería a ver, no respondería más llamados, ni contestaría más preguntas sobre su padre. Soltó la mano inmóvil, áspera y fría; cruzó el umbral corriendo la cortina sin volver la mirada; en el portón se encontró con la vieja, se despidió inclinando un poco la cabeza y salió a la calle.

Había dejado de llover fuerte, chispeaba un poco y el viento era sólo una brisa fría. Comenzaba a aclarar.

3 comentarios:

comentariohablado dijo...

muchas gracias por también alentarme a escribir he ir directo al grano.
cheers

Anónimo dijo...

Leía y lo único que tenía en mente era "la mala hierba nunca muere", hubiese sido un error no mencionarlo.

Muy bien Fran, sigue asì, aunque me dio nervios la historia.

dani

londres 36 dijo...

gracias por leer .... si he sacado una conclusión en estos 23 años de vida y, principalmente, desde que puedo reflexionar con mayor claridad cuando miro hacia atras, es que el dolor te inspira y te hace crear; es como, y disculpando la falta de sutileza, 'parir con dolor'.
besos